Nieve

Acostada en la cama enfebrecida por un sol de algodón en contraste con la noche negra y lluviosa de afuera, termómetro en boca te dije: asombra (A-sombra) cómo, en la cotidianidad, dejamos escapar a todos. Sin cesar a todos aquellos desconocidos que nos atraviesan, bien sea por su mirada, por su voz, sus gestos, por alguna mancha, por su cuerpo, su rostro o comportamiento. -¿A dónde van estas personas?- también te dije, -¿hacia dónde se nos escapan?-; pensé, entre la sábana llena de telarañas, que algo de ellas debe quedar instaurado en nosotros para siempre, sin que nos demos cuenta siquiera de que vamos caminando impregnados de sus espectros, durmiendo entre sus tejidos. Giré un poco mi cuerpo a medio lado, saqué el medidor enterrado bajo mi lengua y entreví, entre el 42ºc y los otros números, algo así:

La memoria es

charco

bajo la llovizna que cae en

circunferencias

que duran

sólo un segundo

expandidas

una tras otra intersectadas

desaparecidas entre el agua

reunidas en lazos

rizomáticos

que se van, se quedan, huyen

para siempre.

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