Nazi-miento

Mientras doy un mordisco más a mi último falafel, untado en crema beige de garbanzo con la que voy realizando figuras espesas que se van unificando y diluyendo en el plato blanco y vacío, sin prestar mucha atención a mi anfitrión, el árabe de ojos muy grandes, profundos y de pestañas extra largas (que lo protegen, seguramente, del polvo y sus desventuras), me habla de sus ascendentes, de sus abuelos, me dice, con su acento entrecortado, que los apellidos judíos de Israel más comunes –o famosos- son levi (o Leví, o Levy) y Cohen (o Kohen). Veloces, desfilan por mi mente los hermanos Coen. Leonard Cohen?. Marcelo Cohen?. No Levi-strauss sino Rita Levi y Primo Levi. Ellos. Auschwitz.

“Tímido e irresuelto, Plato entró en aquella dulce casa que todavía no conocía, por más que la hubiera visitado infinitamente en sus sueños. No encendieron la luz: se retiraron en el rincón más recóndito, y mientras seguían hablando, Plato sentía que volvía a dibujarse deliciosamente su propio perfil, hasta el punto de que un lado del mismo acabó reproduciendo en negativo, con precisión, el lado correspondiente de la chica: estaban hechos el uno para la otra.

Se unieron finalmente, en la oscuridad y en el silencio solemne de la llanura, y fueron una única figura, delimitada por un solo contorno; y en ese instante mágico pero nada más que en un relámpago intuido apenas, les invadió a ambos la corazonada de un mundo distinto, infinitamente más rico y complejo, en el que se quebraba la cárcel del horizonte, cancelada por un cielo cóncavo y refulgente, en el que sus cuerpos, sombras sin espesor, florecían en cambio nuevos, sólidos, llenos. Pero la visión superaba su comprensión, y sólo duró un instante. Se separaron, se saludaron, y Plato retomó tristemente el camino hacia casa, a ras de la llanura ya oscura.” (Hechos para estar juntos. Primo Levi. 27 de noviembre de 1977.)

 

Y pienso en los lánguidos esqueletos vivos cubiertos de una piel levísima, como para ser herida con sólo la caricia de un ala que cae, susurrando lentamente, desde no se sabe dónde. Y luego del instante, el mismo, el único, el de siempre, revierto todo. Ya en la otra oscuridad, la de la separación inevitable, me da por creer que no hay peor campo de concentración que la efímera ilusión de esa visión: la enfermedad mágica del amor. Que perderse en otro, morir en otro, es un campo de mucha más angustia, tortura y dolor que la dócil acompañada resignación de un Auschwitz. Que -aunque los moralistas digan lo contrario-, luego del instante, ya en la soledad oscura, no habría templo idealista fraternal más sereno y dulce que un Auschwitz.

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.        (Foto de la web)

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