“Ante{s} la Ley”

Ésta es sólo una imagen que quise fotografiar y no tuve la herramienta en mis manos. Algo que tal vez pude haber grabado en video pero con el riesgo de dañar mi ipod casi exclusivo para la necesaria música en mis oídos, uno de los objetos que me hacen soportar la realidad. Lo único que me queda son las palabras que, estoy segura, no podrán hacer mucho. Nunca pueden hacer mucho.

Voy caminando por el andén de una gran avenida doble vía. Tengo todo el día haciendo diligencias burocráticas sobre papeles y visas internacionales, no he almorzado y estoy débil, kafkinamente mareada. Camino y camino sintiendo humos y olores de diferentes tipos de comida, especialmente chatarra. La llovizna comienza a arreciar de forma más uniforme. Intento acomodar alguna varilla de mi paraguas que se reventó o dobló inadecuadamente. De pronto veo esa figura en frente. No sé desde qué momento va, delante de mí, una señora de unos cuarenta y cinco años, alrededor de un metro setenta de estatura, rellena con algunos kilos de más. Lleva botas negras de tacón arruchadas por encima de los tobillos, un traje sastre y un peinado arrancados como de los años 80. El traje es de dos piezas: falda entallada hasta por encima de las rodillas donde comienza a abrirse en ondas y faralaos voladores. La chaqueta también es ajustada, un par de tallas menores a la de su cuerpo. La tela es azul oscura con puntos rojos o vinotintos. Ella es muy blanca y lleva medias pantys de un tono más bronceado que sus manos. No puedo ver su rostro en detalle pero la cabeza es una gran masa de cabello negro rizado que llega hasta por debajo de los hombros y lo que más sobresale es un gran lazo espumado colocado, ladeadamente, hacia su izquierda y en los mismos colores del vestido. Esta dama va hablando por su celular a un paso que contrasta con el clima. Todos a nuestro alrededor guarecen, se amontonan con desesperación protegiéndose del aguacero bajo los techos de tiendas y locales, pero esta mujer va caminando normalmente, como en el mejor día de sol. La lluvia no es tan fuerte como para golpear y empapar en un segundo, sino que es una llovizna gruesa que te va mojando gélidamente durante los minutos que transcurren junto a la lógica del tiempo. Las gotas van quedando atrapadas en su cabello impermeable como rocío metálico, como miles de diminutos cristales de swarosvki incrustados, como pequeñas gotas de azúcar de un brillo refulgente, cegador. Casi todos la miran, algunos voltean sus cabezas a su paso. Unos impresionados, otros ríen, otros sin expresión. Ella no acelera el paso en ningún momento, empujada hacia adelante por el olvido, detenidamente, sigue conversando por su aparato mientras poco a poco se va mojando más y más su sastre, mientras su cabello centellea cada vez, estancada en otro ritmo de joya. La dama de azúcar es más privilegiada de lo que muchos creen aunque no se apure, aunque no tenga paraguas. La dama de azúcar se previene de la lógica del tiempo, la dama de azúcar se protege no existiendo en el aquí, la dama de azúcar no se incomoda, no se empalaga porque no está.

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