Vértice

Sentada en la sala de espera del aeropuerto, fundida en alguna observación (una pareja –madre e hija- sentada frente a mí) mientras, sin saberlo, doblo ligeramente la punta de la lengua de un lado a otro una vez y la vuelvo a ubicar bajo el paladar pero, inmediatamente, percibo un sabor –más allá de la saliva imperceptible- en mi comisura derecha que me arrebata de mi visión. Ya sólo hay lugar para la sensación. Repito el movimiento de mi lengua hacia mi comisura derecha y mis papilas gustativas captan el resto de “Gloria”, pastel con centro de guayaba caliente. La perfección de una prueba doble, un detalle de remembranza que sabe más aún que el pastel entero. (mientras escribo esto, un muchacho despelucado que está sentado a mi lado saca un cuaderno y un lápiz y comienza a escribir desaforadamente, sin parar, sin mirar alrededor –lo que me hace sospechar su ensimismamiento o una mimetismo satírico- y me veo, no, me siento reflejada en un espejo de reojo y me da pudor, comienzo a incomodarme de esta pequeña acción, de éste hecho de apuntar algo en público, así que, remedada, guardo mis cosas y me levanto para pasear la maleta y vitrinear un rato.)

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