Tres

Tres

 “La situación real: estaba solo en mi casa, tenía veintiocho años, acaba de regresar después de pasar el verano fuera de la provincia, trabajando, y las habitaciones estaban llenas de telarañas. Ya no tenía trabajo y el dinero, a cuentagotas, me alcanzaría para cuatro meses. Tampoco había esperanzas de encontrar otro trabajo. En la policía me habían renovado la permanencia por tres meses. No autorizado para trabajar en España. No sabía que hacer. Era un otoño benigno.” (Prosa del otoño en Gerona. 1981. Tres. R. Bolaño)

Tres..

Veintipico, más cerca de los treinta que de los veinte. No importa, quizá. (Ella, que ya no es las otras sino otra (s), ella, quiere decirse “ella”, pero no, basta de disfraces, ella también es primera persona). Tres meses atrás: dos trabajos ejecutivos, algo de dinero (nunca demasiado, pocas veces suficiente) para vivir dignamente. Llega Abril, mes mundial de la poesía y el caos. Y todo se voltea, se revuelve. Una re-vuelta sin estaciones fijas y mucha lluvia. Sin otoño y con mucho invierno. El portal de la Ley también vuelve: a última hora se cierra la posibilidad de visa laboral porque la nueva empresa del periódico no registra suficiente gasto público para ser (para ser) esponsor de tal trámite. Viajo a la frontera para renovar mi visa de turismo eterno y no puedo volver a entrar en el país porque ya se cumplieron los tres meses multiplicados por dos que ofrecen por año a los extranjeros (doble, triplemente extranjera, por siempre). (Obviamente tampoco puedo seguir trabajando). (A menos que pague particularmente la gestión de una visa de trabajo con un precio inalcanzable, no puedo entrar de nuevo al país donde tengo mis objetos y mi vida). (El país donde nació mi abuela, el país de mi exilio). (El país de mi amiga L.). (el país del compartir silente autista musical con j.D.) (El país del desencuentro a-moroso y psicoanalítico con A -el a, el A-, hoyo negro, monje inmaculado.). El funcionario me guiña un ojo y me dice que le caigo bien, que hará una excepción y me permitirá entrar con una tarjeta especial de la comunidad andina; que tengo permiso para entrar sólo un mes, máximo tres.

(Tengo algunos ahorros que durarán el tiempo de mis decisiones y diligencias, el tiempo del cambio de piel, el tiempo del destiempo).

(Muy cerca. En Bogotá llaman “veintiochuda” a una mujer, digamos, angustiada y despelucada. No es por la edad, pero eso da igual. Creo que las mujeres de las leyendas –Madremonte-patasola-llorona-etc-, son todas veintiochudas.)

(Hace poco alguien me regaló Tres de Bolaño, tal vez por mago o por conocerme tanto sabía -sin saber- todo lo que pasaría aproximadamente tres meses después, ahora, cuando comienza mi interés por leerlo. No sé por qué, lo único que me provoca leer y releer –de adelante hacia atrás, de atrás hacia delante, por el medio, al azar..- éstos últimos días, quizá por consuelo y risa casi perdida, es Tres. Dulcemente. Tres.)

(P.D. soñé con el muchacho despelucado y ensimismado. Era otro. Soñé que era despelucado y ensimismado pero argentino. No. Neochileno no. Argentino. Y que tal vez por mucha rareza, algún día nos saludaríamos.)

(Tal vez sea hora de enseriarme, le dije solemnemente a P., y dejar de tanto jugar, de tanto sobrevivir jugando).

(“Esta esperanza yo no la he buscado. Este pabellón silencioso de la Universidad Desconocida. Gerona. 1981”)

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Archivado bajo anacrónica, nomadismo, Uncategorized, viaje

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