C’est la villa

Sé que son las seis de la mañana por el aroma a cigarrillo que, intruso, irrumpe por las rendijas de mi puerta desde el alba. Ya no necesito reloj. Así como el indígena conoce la hora del color de su cielo y muchas especies de sonidos naturales a su alrededor, así con la emanación nicótica en mi nariz, sé que debo despertar. Son las vecinas de al lado, señoras de la tercera edad, hermanas -tal vez- jubiladas quienes se sientan en el desnivel de su puerta principal a fumar y tomar café a primeras horas de la mañana. Esa es su bienvenida a la cotidianidad, a la repetición casi infinita de la domesticidad de los hábitos, a la rutina irónica del espiral teatral. Son tres estas doñas cuyos gritos y peleas frecuentes me hacen diferenciarlas de las silentes y musicales trillizas de Belleville.

Dos de ellas son extremadamente flacas, mientras que la tercera se parece más bien a la robusta Madame Souza. Todas llevan el recorrido lenguaje del tiempo intrincadamente estampado en sus rostros, críptica nada en un entrelazado de alaridos mudos lleno de inefables lugares ancestrales. Supongo que es su arte de existencia: fumar y tomar café desde que empieza el día hasta que termina, fumar y fumar y fumar para figurar la espera y ayudar al tiempo milenario a cincelarse fantasmagóricamente más hondamente en sus miradas y sonrisas, en sus voces gruesas, hoscas como raíces secas.

Pensarán ellas que las casas de ahora son como las de antaño, donde la solidez de las paredes permitía disfrutar de una vida privada, asegurando a los átomos espectrales un hábitat sin posibilidad de escape, o quizá no les importe mucho que todos a su alrededor –al menos yo- nos enteremos de sus más recónditos menesteres (“el hermano que compró un carro robado”, algún “pasado de sirvienta”, “el abuso de encontrar la nevera vacía y el champú acabado”, “una hija puta que se casa con un ingeniero” para mantener decentemente a su madre y tías..bajo techo fumando), pero toda esa información de la vida normal, bizarra realidad en sí misma, no me interesa. Me interesa el arte de las trillizas. Tuve que comenzar a apreciar esa estética les triplettes al cansarme de solicitarles que, por favor, intentaran no convertirme en fumadora pasiva, tal vez haciéndolo un poco –un poco por favor- más alejadas de mi puerta. Pero fue imposible. No hay lógica de convivencia interna ni externa. Soy fumadora pasiva. El humo no se ve, pero igual sé que está allí, se aproxima móvil con sus signos transparentes acechando sigilosamente con sus tentáculos sutiles como la más femenina de todas las muertes, esparciéndose en gestos y grietas que atraviesan las muecas de sus triples máscaras antiguas, en sus gargantas y amígdalas sin canto, en sus pulmones henchidos a reventar de puro púrpura. Entrando por las rendijas de mi puerta. Intrusamente. Y mientras ellas tosen, me he ido acostumbrando a creer que a eso huele el tiempo. A que ya conozco el perfume sinuoso y mortífero del tiempo mujer. Por eso las cenizas como alfombra de piedras, que yace sin forma alguna, en la entrada de nuestros hogares compartidos. En la entrada de nuestro sacro círculo de unidad.

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Archivado bajo anacrónica, monotonía, Uncategorized

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