Nudo

No he podido dejar de pensar en él. A pesar de que no deseaba pensar en nada; no, no pretendía entender nada. Por eso al llegar al parque principal de la diosa luna preferí no sentarme en los bancos que bordeaban al primer gran pino, “Árbol del pensamiento”; así dictaba el cartel blanco erigido desde la tierra que lo alimentaba. Di unos cuantos pasos atrás para ver todo desde una perspectiva lejana, tanto ese como otro similar eran los pinos más grandes en toda la plaza. Descartado uno, me acerqué al otro, pero antes de posicionarme me fijé en el nombre, “Árbol de la libertad” y me senté. Sola. No había en ese momento ninguna otra persona cerca de aquella planta enorme. Hippies vendiendo artesanía, familias dominicales comiendo, niños jugando lejos, cinco punkeros bebiendo aguardiente, un perro callejero de tres patas andando. Me senté diagonalmente, cruce mis piernas y me dediqué a contemplar ese pino. Era definitivamente más ancho que el del pensamiento y obviamente, mucho más antiguo. No sé qué altura tenía pero su diámetro era casi dos metros. Me gustaron sus rasgaduras de aire, las cicatrices de su corteza, el salvajismo de su piel resistente por fuera pero blanda por dentro cual fruta de cáscara áspera con espinas, como millones de capas cuyas escamas externas revelaron cierta genealogía abstracta de donde emergieron partículas volátiles haciéndome estornudar unas cuantas veces. (Allí, en los estornudos, recordé algo incómodo. Traía mi cartera de cuero guindada en un hombro y una maleta ya ubicada en el suelo, pero había olvidado en algún sitio anterior una bolsa con un obsequio que me hizo una amiga. El encuentro fue en una tienda de tortas, Cascabel, ella me dio a escoger entre un pequeño ponqué de rosas y un pequeño ponqué de chocolate, y entre las nuevas latas con diseños de distintos lugares europeos. Escogí el de rosas para probarlo y porque los pétalos macerados llamaron mi atención, también elegí la lata de un hombrecito dibujado escribiendo solo en un balcón frente al mar de Niza, Francia. Y mi amiga seleccionó un lazo amarillo brillante para colocarle encima. Me pregunto dónde habré abandonado mi regalo. ¿en el centro comercial?, ¿en el taxi?. Por qué. Me pregunto a quién se lo concedí. Y si realmente lo disfrutó como yo lo hubiese disfrutado. Y si realmente lo merecía, como yo no sé si lo merecía yo.) Entre los estornudos comenzaron a sonar las campanas de la iglesia, como siempre, una gruesa ventisca arreció y aunque pareciera mentira, como las estrellas fugaces, el cartel blanco con el nombre “Árbol de la libertad” cayó tumbado sobre el jardín de base redonda anterior a los bancos. Ya desnudo, sin cartel, él, aquella cosa gigante de madera repleta de sabia fluyendo por todo su cuerpo voluptuoso y cabeza verde con ecos de perfume masculino, estaba vivo, parecía espiarme. Ese extraño vetusto, así sin etiquetas, se me impuso, ahora sin nombre de exhibición era realmente libre por su simple existencia sedentaria pero movediza hacia lo más alto, ¿sin pensamiento?, ¿sin imposibilidad?, ¿sin ferocidad?, ¿sin dolor?, ¿sin papel?. Lo dudo.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo anacrónica

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s