BHK99

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Mientras espero una computadora con audífonos, te escribo una segunda parte. Venía en el trans-milenium (que suena como a nuevo trans milenio) y un niño pequeño, un bebé de no más de dos años, venía llorando inconsolablemente. Esos llantos casi siempre me angustian o me irritan un poco cuando son muy prolongados, pero ésta vez me lo apropié, lo hice mi llanto huérfano del desasosiego y me alivió tanto. Creo que venía escuchando el llanto desconsolado con una sonrisa en mi rostro. Era tan mío. Sin posibilidad de palabras. También recordé de nuevo la tos de la sra. cerca de Auschwitz y la fenomenología de la voz. Había escrito, hace aproximadamente un año, un relato, especie de mini crónica,  sobre una voz bien particular que pertenecía a un señor muerto que vende aguacates por toda Bogotá. Es decir, en Bogotá venden aguacates en carritos o camionetas pick up, rodando o estacionadas, con una grabadora que reproduce una voz que ofrece los “aguacates más ricos, más cremositos y más baratos de todos.. lleve dos por mil..” y la voz es de un señor que ya murió, pero aún así siguen vendiendo aguacates con su voz. Aguacates de ultratumba. Yo reconozco esa voz y a veces no vende aguacates sino quesadillos y otros dulces o algún otro alimento. Lo siniestro de la voz.

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..el hombre de la moto también tenía una voz, sin rostro pero una voz. Dejó su casco de motorizado puesto y no pude verlo pero me dijo “dame el celular.. dame todo, dame todo lo que tiene ahí”. Sólo vi su cuerpo, era alto y tenía las manos grandes, o al menos eso sentí. Su ropa era negra. Toda esa imagen sería un rostro levinasiano, un rostro que queda en la espectralidad de mi memoria pero un rostro que la policía no puede atrapar, ni yo puedo describir mucho. Cuando un vecino llamó desde su celular a la policía, el policía parecía recién despertado de lo macilento y luego de solicitar mi nombre y cédula y unas tres preguntas inútiles más me dijo “espere un momento por favor” y me colocó una linda y ridícula musiquita de espera. Y yo imaginaba que pronto aparecería la mujer máquina dando algunas opciones de emergencia como “para desolación marque 1, para inhospitalidad marque 2, para desasosiego marque 3, para impotencia marque 4, para sentimiento siniestro marque…etc..”.

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Despersonalizada. Así me siento. Sin. Sin. Sin. Sin mi celular. Sin mis números. Sin mi ipod. Sin mis libretas y textos. Sin mis claves. Sin mis llaves para entrar a casa. Sin mi par de libros. Sin mi dignidad. Sin.

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Los días, de ahora en adelante, serán mucho más lentos, tediosos y deprimentes sin sus respectivos soundtraks, sin su música de ipod.

Debería recorrer la séptima todos los días de ahora en adelante hasta encontrar alguien que esté vendiendo un ipod color fuksia nuevecito (nunca me gustó ese color pero fue un regalo y “a caballo regalado…” ), lo más seguro es que sea el mío y lo estén re-matando a, aproximadamente, unos 70 mil pesos fáchil.

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Hoy amanecí tranquila. Prometía ser un lindo día. Tenía una charla sobre el posible proyecto de darle ciertos giros a un centro cultural a punto de quebrar. Es un centro cultural un poco decimonónico y elitista y aunque todos los proyectos culturales son quijjotescamente absurdos en la posmodernidad, se están intentando algunos cambios que le otorguen alguna posibilidad de continuidad. Me bajé en una estación cerca de Chapineros, venía tranquila y quizá un poco distraída. Siempre me escondo el ipod bajo el brasier o bajo la ropa, pero está vez -pensaba ponerlo a cargar apenas llegar a mi destino- dejé el cable un poco visible. Ese fue el señuelo de mi desgracia. El cable de los audífonos del ipod es blanco, y es muy llamativo. Se escuchan muy bien. Es como estar en la mejor sala de música con la mejor acústica del nano planeta. El cable blanco atrajo al atracador vestido de negro que me dijo “dame el celular, dame todo, dame todo lo que tienes ahí” llevándose hasta mis lugares. Mis lugares se fueron en una moto de placa fantasma número BHK99.

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Uno de los consoladores, es decir, uno de los hombres que intentaron consolarme o ayudarme era una especie de extranjero. Tenía el cabello liso y casi rubio y lo llevaba como por la altura de las orejas. Llevaba una camisa de cuadros y era alto, ni delgado ni gordo y tenía un acento extraño. Me hablaba mientras sostenía un teléfono con el que intentaba dar alguna información, inentendible para mí, sobre lo ocurrido. Sostenía su celular con su mano izquierda mientras movía alebrestadamente la otra. Era muy entusiasta y me dijo que intentó perseguir la moto, ya que era una calle residencial, hasta donde pudo. Luego del semáforo la perdió de vista. Nunca dejó de hablar por teléfono y cuando se estaba yendo se despidió aleteando la mano de un lado a otro muy alegremente. Se montó en un carrito wolkswagen de los viejos, como el que tenía mi primer novio, G. y se fue.

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Cuando llegué a casa del amigo donde era la charla, respirando muy intensamente, me senté en unos cojines frente a su biblioteca. Le conté sollozando, leyó el papel amarillo donde estaba anotada la placa: BHK99 y salimos en busca de los vecinos cercanos a la alarma que sonó por lo sucedido. Los vecinos estaban ya hablando con la policía y contando lo ocurrido. El policía era muy joven y parecía un pan dulce andino de esos que no pueden hacerle daño a un par de maleantes motorizados sobre una placa BHK99. Su uniforme era verde y amarillo fluorescente y también andaba en moto de patrullero. Su nombre era el patrullero Lizarazo del Cuadrante número 20 de Palermo. Un vecino de traje y corbata que había llamado a la policía también había trancado después de maldecir por la musiquita de espera muy tierna y ridícula que colocaron en el auricular. Mi amigo, al verme despojada de todas mis pertenencias, me prestó temporalmente un bolígrafo, unos papelitos, unos 50 mil pesos colombianos, un pequeño libro de Sergio Pitol, una tarjetica con su celular, todo adentro de una mochila de la etnia arhuaca tejida con la forma de un pensamiento que desconozco. Un pensamiento de los arhuaca, cercanos -creo- a los chibchas.

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Me duele la cabeza. Es como seguir escuchando el motor de una veloz moto de placa BHK99 que se llevó mis cosas, mis lugares, mi desnudez. Re-suena atrás de mi cabeza, en la parte trasera del cráneo, y se desliza, se ve cuando se aleja y se lee BHK99. Se ve un leve humo y desaparece. Pero queda allí su imagen en forma de recuerdo. Intacta.

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Superé el número 10 de la placa BHK99. Podría continuar, si me lo propusiera, sin terminar nunca para exorcizar todo este malestar. Un malestar aumentado por el hecho de que aún no puedo entrar a casa y además por el otro hecho de que hoy deseaba hacer unas diligencias que no pude hacer. Y que me robaron lo que me quedaba de ilusión de identidad. Si siempre he estado en busca de mi identidad porque me siento despojada de ella, extraviada de ella, traspapelada de ella, hoy mi identidad se fue en una moto Pulsar color negra de placa BHK99 junto al cuerpo de una voz que me dijo “dame el celular, dame todo, dame todo lo que tienes ahí”.

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Vino un cerrajero joven a cambiar la guarda de mi puerta. Era alto y narizón, con facciones un poco arabescas. Taladraba y taladraba, muy seguro de su labor empírica. Logró abrir, luego adentro, cambiamos unos bombillos para ver mejor en la oscuridad y mientras él confeccionaba las nuevas llaves de mi nueva puerta yo leía un poco a Sergio Pitol. Nunca lo había leído. Durante unos 20 minutos estuvimos en eso. Luego él terminó y le pregunté cuántas personas más tenían la llave de mi puerta. Me dijo “en todo el mundo, unas cinco personas más. A nivel de estadísticas, sólo cinco llaves -originales, no copias-, en todo el globo terráqueo del mundo de las puertas, coinciden en una misma guarda” . .. “Oh”, dije. También me contó varias historias, entre esas ésta: “una vez una chica dejó la llave adentro de su apartamento y cuando el vecino apareció dijo ‘prueba con la mía’ y al probar abrió la puerta. Lo más seguro es que ese vecino que vivía solo alguna vez había tramado todo para tener la misma llave de la chica, quien también vivía sola”. Es decir, es casi imposible tanto azar cercano, dos vecinos con dos llaves que contengan los mismos pines -elaborados con sólo milímetros de diferencia- de una misma guarda. Cuando el cerrajero se fue pensé que la llave de mi puerta sólo la guardas tú, P.

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No perdí todas las libretas de textos que pensé haber perdido. Había sacado varias un par de días atrás sin poner mucha atención. Atención, eso es lo que a uno se le escapa muchas veces mientras escucha música. La atención cotidiana sin música se hace mucho más pesada, obligatoria y no selectiva. Atención a cualquier ruido, movimiento u olor circundante. Una atención obligada puede tornarse una tensión, una a-tensión. También es siniestra la sensación de haber perdido tantos contactos. Los más cercanos se recuperan, pero los de posibilidades más distantes muy probablemente no. Pienso en la desesperación de ambos ladrones. La hora, la forma -moto y pistola-, la mirada que lograba atravesar el casco de motorizado y volteaba a ver si se acercaban mucho los amenazantes mientras me arrebataba todo. Parecía nervioso pero un tanto lúcido, tal vez ¿cocaína?… dudo que hubieran podido tomar ese gran riesgo con otro tipo de estimulantes. Sabían sus movimientos exactos. Tal vez con un alucinógeno me hubiera podido matar, fácilmente, al imaginarme más indefensa o ver algún otro fantasma.

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Acabo de estar con un amigo psicólogo y su esposa estudiante de filosofía quienes me habían prestado la sim-card con el último número colombiano de mi celular. Contaba yo que me robaron con una pistola, un tipo de una moto de placa BHK99. Ellos me contaban otras cosas como que una conocida cercana ya está ganando 20 mil dólares en venta directa y ellos van por los 3 mil dólares mensuales.Y que cada vez se meten al mismo negocio más conocidos de la facultad de filosofía. Pienso que con ese dinero podría recuperar rápidamente mi ipod, mi celular, mi memoria USB. Pero también pienso que no habría mucha diferencia entre el ánima (o) del tipo que de la moto placa BHK99 y el ánima (o) de alguien que se hace millonario a punta de venta directa.

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