Café posmo

Hay en esta casa, por la cual suelo transitar de vez en cuando sin –desde hace algunos años- quedarme nunca más fija en ella, unas tabletas de cafeína, de 80 mg cada una, que venden juntas en una cantidad de noventa adentro de un pote de pasta blanca. Cada una de ellas corresponde, dice la tabla nutricional, a una porción de café. Así se reunirán a tomar café los astronautas, me digo mientras sorbo un poco de agua que me permite tragar sin mucho resentimiento cierta sensación picante que deja aquel pedacito de energía  en mi lengua y paladar.  Quizá también sea la forma de mantener despiertos a quienes trabajan en la NASA o, en su defecto, a los ejecutivos con relojes de las grandes ciudades. También pienso que el único beneficio que traería a mi cuerpo la práctica del café en tableta sería, tal vez, unos dientes más blancos, es decir, evitar que el café vaya manchando mis dientes de alguna sustancia amarillenta. Otro beneficio podría ser, debería esperar un tiempo para saberlo, no irritar la boca de mi estómago produciendo gastritis como lo hace el café cuando lo consumo líquido, normalmente, en dosis  quizá –a recordar- un tanto adictivas.

La adicción al café es otro tema. Cuando el cerebro está muy habituado a él y éste falta, se generan grandes dolores de cabeza. A veces migrañas. El remedio es tomar más café, de hecho, muchos de los analgésicos contra la cefalea están introduciendo cafeína en sus fórmulas (mientras más cafeína tenga el ibuprofeno mejor, le digo al farmaceuta de turno).

Y pienso que más que los bares, cuyas paredes encierran sombras, vicios y perversiones no muy aptas para una mujer sola, extraño los cafés de algunas grandes ciudades que he visitado o en las que he tenido la oportunidad de vivir. Sobre todo anhelo, quizá por coincidir con ciertos cambios y renaceres vitales relacionados con la edad, los cafés de Bogotá.

No, estas pastillitas que aceleran mi flujo sanguíneo ni se acercan a compararse con ese ritual de sentarse, como una extranjera feliz y anónima, a tomar una deliciosa, espumosa y casi bullente taza de café, ese lago de sabor oscuro, caliente, encantado  y milenario, mientras se conversa con alguien o, sin compañía, simplemente se observa, se contempla cada cosa o persona que se tiene alrededor. Ese sobretodo de paño que luce tan bien en esa mujer canosa, el título del libro que lee el vecinito en la mesa , las carcajadas del tipo de enfrente quien debe retirar sus anteojos para secar sus lágrimas de risa, aquella discusión de una pareja, la soledad y la amistad. Y un largo etcétera.

He disfrutado, sagradamente, un café con ciertas amistades, pero sobre todo, he disfrutado esos momentos solitariamente casi vouyeristas, casi flaneur, donde desaparezco y tengo sólo para mí, como una dádiva, tantos puntos de fuga que se suceden, unos tras otros, como la brisa fresca de la mañana o de la tarde, como esas lanzas de sol que caen, directrices, haciendo brillar esas mínimas partículas de polvo callejero que nos envuelven en la ensoñación diurna.

No, estas pastillitas profanan la semilla universal, profanan esa posibilidad de magia y brujería que nos ofrecen las entrañas de la tierra. Y en los lugares donde se pueda cumplir ese rito que sirva de puente entre el otro y yo o viceversa es donde me gusta estar.

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2 comentarios

Archivado bajo nomadismo, tiempo, Uncategorized, viaje

2 Respuestas a “Café posmo

  1. Carlos Santiago Amézquita Villamizar

    Un texto muy persuasivo, muy veraz y divertido. Pensé en tantos vicios, pequeñas trampas que se toleran por la presunción de que algo los soporta, algo que debe esconder, necesariamente, algún sentido.

    Te invito a leer uno de mis cuentos, a propósito del café y Bogotá.
    http://dimequetecuento1.wordpress.com/2013/01/29/entrega-2-isabel/

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