“Del mismo modo, mi ojo tenía que ‘fotografiar’ muchos grupos antes de que naciera el deseo de rodear con un círculo una de las cabezas que aparecían en ellos. Las fórmulas románticas no eran para mí; siguen sin serlo y nunca diré que reconocí a Jacques entre mil; no, más bien hacía falta conocer a mil para saber que con él se trataba de una relación anclada en un sentimiento cuya naturaleza y perennidad no eran comparables con otras. Tal como hacemos delante de un cuadro que oculta una anamorfosis y que, al primer vistazo, parece banal, sólo intrigante, buscando el punto de vista exacto del que emergerá, a partir de varios elementos dispersos, y gracias a las leyes ópticas, un objeto coherente que nos maravilla, primero yo debía elegir mis referencias en la vida para, tras haber espigado visiones diferentes de un hombre en circunstancias que no le destacaran especialmente, reunirlas y ver perfilarse en mi camino al hombre que me conmovería como ningún otro.”

(Catherine Millet. Celos, la otra vida de Catherine M.

-autora de La vida sexual de Catherine M.- Ed. Anagrama pp. 11-12)

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