Las canas de Jim Jarmush

Las canas de Jim Jarmush (o alguna de las crónicas del no-libro sobre el vuelo migratorio a.., o el a-merican underground railroad del 2035 -que incluye las tres Américas-.)

A mi fantasma amistoso de Juls mex

En un solo de saxo pasa un cardumen plateado brillante cercano a mis pies. Miro hacia abajo la arena blanca y me sumerjo completa mientras escucho, en la lejanía dulce y la sordez líquida del mundo submarino, un eco en sonido stereo allí al fondo del agua cristalinamente azulada en el espejo celeste, sintiendo el swing de todos los fluidos tibios y fríos que llegan al Golfo de México desde lo alto del Océano Atlántico.

Preguntando a tres personas nativas de (la) Florida, me han dicho que este mar calmo no pertenece a las turbulencias del Pacífico ni del Atlántico, pero al pensar en esa bandada de aves en su ruta migratoria por la travesía atlántica norteamericana, se me hace difícil entender cómo ese viento vigoroso tan atado a las corrientes acuíferas no se curva secretamente también desde la zona de los Grandes Lagos del medio oeste hasta el golfo, ese mismo viento bravo y melancólico de las noches en Chicago que sigue revoloteando cabellos y faldas a las señoras dandys. Ellos insisten en que no, yo insisto en que sí, en que de alguna forma estas son las mismas aguas que serpentean desde los Grandes Lagos, por ejemplo, desde el lago Erie de Michigan, lugar donde me asenté una época de mi adolescencia, esas aguas que rodean también aquella angosta península en la bahía de Sandusky, Ohio, cuya cima antes de 1870 era sólo habitada por grandes cedros que ofrecían sombra a los picnics y camping de las familias o enamorados que deseaban aislarse algún día de fin de semana; y donde luego de esa fecha se construyó el que fue o ha sido durante mucho tiempo el parque temático más grande del país, Cedar Point, del cual sólo recuerdo el nombre de dos montañas rusas, ‘Raptor’ y ‘Mantis’, en las que por aquellos días aproveché de gritar como sólo una adolescencia (rusa) puede hacerlo. O las mismas aguas lentas de las cascadas Cuyahoga también de Ohio donde nació Jim Jarmush, aguas de la rareza, de lo absurdo de la monotonía, la repetición y cotidianidad azarosa en slow motion, las aguas del extrañamiento. Las aguas fumadas. Las mismas aguas que deben mojar a esta costa del Golfo de México, aguas oleadas al ritmo del soul, su vulnerabilidad y confesionaria vergüenza vital, donde también Kerouac finalizó su historia de los márgenes sin academia, donde Ginsberg quizá nadó entre marineros. Donde a lo mejor Dylan tocó su armónica. Aguas subterráneas desenmascaradas donde las posibilidades del tiempo ya no se miden igual que en la superficie. Por eso no existe el fracaso, allí bajo el barco del bop no tan lejos de alguna población en los bordes de la ruidosa ciudad y sus deliciosos restaurantes gourmet, más hacia las periferias musicales de un New Orleans o quizá un pueblo desolado como el Memphis de la blue moon de Elvis, con grandes espacios entrecrucijados de carreteras vacías de transeúntes sedentarios, en una indiferencia silente y algún cartel un tanto roído y mal iluminado que da la bienvenida a un hotel de una o dos estrellas, un saludo a lo que orgánicamente va perdiendo en novedad y moda pero ganando en profundidad y sutilezas, el gris del asfalto quemado con sus grietas por donde logran escapar suicidas algunas florecitas y plantitas mínimas, pisadas quizá por la goma de las ruedas, pero vivas, en una juventud opacada como la de Jarmush, según su amigo Tom Waits, la soledad minimalista estancada en los primeros planos baratos de la sencillez y la contracultura del medio oeste, del sur, donde lo único que comienza a cambiar, tal vez, es la tecnología, tal vez, sólo tal vez. ‘In God we trust’. Y, a pesar de mis confusiones, sigo prefiriendo la belleza y encanto místico de la palabra desayuno en comparación con la palabra breakfast.

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2 comentarios

Archivado bajo cine, instante, monotonía, nomadismo, tiempo, Uncategorized, viaje

2 Respuestas a “Las canas de Jim Jarmush

  1. Julieta

    … y es que a veces uno tiene la sensación de estar viviendo la escena de una película de Jim Jarmush, así como lo describes (“aguas de la rareza, de lo absurdo de la monotonía, la repetición y cotidianidad azarosa en slow motion”), la escena más reciente que he vivido: una tarde medio nublada y lluviosa de domingo, ella y él comiendo un caldo de pollo, solos en el lugar que está a punto de cerrar, los trabajadores se han olvidado de que este par existe, podrían irse sin pagar y no pasaría nada. Mientras él se queja de los precios y la tardanza en el servicio, se escucha de fondo una canción instrumental de los 50’s muy romántica, a ella le parece detestable esa queja de él porque le echa a perder el difrute de la comida, pero guarda silencio y observa cómo de pronto un dosificado rayo de sol ilumina la piel de alabastro y el cabello oscuro de ese hombre, aprecia su belleza y se olvida de la queja, los dos guardan silencio y sólo se escucha la música mientras la pasividad del domingo se pasea tranquilamente frente a sus ojos…

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